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Cómo terminar con una relación tóxica

A veces nos vinculamos con personas nocivas, que nos quitan energía y no nos ayudan a sentirnos bien, al contrario, nos dificultan avanzar en la vida. Rodearnos de estas personas nos intoxica de tal manera que nos sentimos incapaces de tomar decisiones y replantearnos qué es lo que queremos y necesitamos. Estas personas, muchas veces indirectamente y otras, directamente, poseen el control de nuestra conducta y nuestras emociones, y nos encontramos en una situación sin retorno, envueltos en una nube de fatiga y desgana.

Lo más difícil de todo es cuando nosotros mismos sabemos que debemos romper esta relación pero no encontramos la forma porque nos invade un sentimiento de culpa. La culpa nos paraliza, nos genera miedo, enfado y rabia con nosotros mismos y nos obliga a vivir insatisfechos.

Como indican los expertos, una relación tóxica es aquella en la que la pareja ya no funciona pero sus miembros insisten una y otra vez en mantener. Lo ideal antes de empezar una relación sería que te plantearas qué es lo que esperas de esa persona y qué es lo que quieres. Una vez tengas claro lo que deseas encontrar, piensa si esa persona que tienes a tu lado es la adecuada para hacerte feliz.

Una relación de pareja solo funcionará bien si ambos miembros admiten y aceptan su independencia y singularidad, respetando su entorno y su espacio. Si compartimos nuestra vida con una persona que no nos hace sentirnos bien, debemos pararnos y actuar antes de entrar en un círculo vicioso donde cada día que pase sea más difícil salir.

El autoconocimiento y el respeto hacia uno mismo es el primer paso hacia la elección de personas con las que nos queremos vincular de forma saludable, que permanecen en nuestra vida de forma desinteresada, que se alegrarán por nuestros logros y nos ayudarán en nuestros malos momentos. Potenciarán nuestras habilidades y nos aconsejarán a cómo superar las dificultades, siempre desde una crítica constructiva que nos ayude a mejorar. Y es que eso es lo que debemos hacer siempre en nuestra vida, mejorar y crecer.

Todos y cada uno de nosotros tenemos cosas buenas para dar y somos merecedores de recibirlas. No debemos permitir que aquellos que tienen miedo de ser superados y viven insatisfechos con ellos mismos, nos destruyan. El poder está en la mente y en saber decir “NO” a aquellos que solo nos complican la vida. Pacta contigo mismo y sé fiel a tus principios para mantener tu bienestar psicológico y por consiguiente, ser feliz.

 

Laura Moreno Jiménez-Bravo

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No estás sola

Hoy escribo para ti y por ti. Sí, me dirijo a ti. A esa persona que se levanta cada día con miedo, que vive asustada, que quiere escapar de esa horrible situación y no sabe cómo hacerlo. Me dirijo a esa persona que es dependiente y esclava de sus emociones, dudas y temores.

Te escribo a ti porque te entiendo y te comprendo. Hace unos años comenzaste una relación de pareja llena de sueños e ilusiones, tal y como empiezan todas. Te sentías única y especial, eras la princesa de ese cuento que siempre imaginaste vivir. Todo era idílico, tu príncipe era algo celoso y posesivo, pero según tú esos celos eran amor, y los tomabas como halagos y una  muestra de amor real hacia ti.

Esos celos iban convirtiéndose en amenazas, faltas de respeto e insultos, hasta que llegó ese día en el que recibiste ese primer golpe que sería el inicio del fin. El fin del respeto, el fin de la seguridad, el fin del amor. Tu cuento empezaría a partir de hoy a convertirse en una película de terror.

Estoy segura que cada golpe acababa con una frase parecida a:”Lo siento, es que te quiero demasiado y el miedo a perderte me vuelve loco… no volverá a suceder más, te lo prometo”. Cuando te dijo esto, seguramente tus emociones en ese momento serían de pena y culpa, haciéndote cuestionar que deberías haberte comportado mejor y así él no se enfadaría; lo que te llevaría a justificar sus celos enfermizos y su violencia.

Después del primer episodio agresivo, hay unos días de paz y amor donde vuelves a dejarte llevar por sus palabras y olvidas el incidente del otro día, pero la historia se vuelve a repetir, en forma de humillación, desprecio, insulto…y tú por no discutir y por miedo a recibir otro golpe, agachas la cabeza y en ese momento lo que haces sin darte cuenta, es normalizar esta situación sin darte cuenta que estás entrando en un infierno. Empiezas a pensar que esos insultos te los mereces, que si él se enfada es por tu culpa y que cada golpe que te da es por tu bien, para que no vuelvas a repetir eso que a él a no le gusta.

¿Y tú? ¿Dónde estás? Has empezado a vivir solo para él. Tú ya no te importas, te has desvalorizado tanto que te das igual. Ya no eres su pareja, eres su posesión. Para evitar sus celos, has dejado a tus amigas y a tu familia. Ya no trabajas, pues él no te deja hacerlo, solo quiere que estés en casa para él.

Dependes tanto de él, que él es la única persona con la que te relacionas, por eso sientes que es imposible llegar a la ruptura, tu mundo es él y crees que sin él no eres nadie. Y las humillaciones y agresiones no cesan, y tú no se lo cuentas a nadie. Te da vergüenza contárselo a la gente  y sobretodo no quieres escuchar que te digan: “sepárate”, “déjale”.  Sufres en silencio y acabas aceptando que es la vida que te ha tocado.

Las veces que has amenazado con dejarle, seguramente haya acabado en una paliza  o si tienes hijos, tienes miedo a que se vengue con ellos, y lo más normal que ocurra es que te haya amenazado a ti con que se suicida, porque sin ti no sabe vivir. Entonces de nuevo aparece esa culpa y esa pena que no te deja tomar decisiones y vuelves a pensar que te quiere, que todo lo que hace es por ti.

Si te has sentido identificada en alguna parte de este texto, pide ayuda. Rompe ese silencio, porque tu vida corre peligro. No es imposible salir de esta situación, hay muchas formas de hacerlo. Tienes la oportunidad y sobre todo tienes derecho a empezar desde cero y cambiar de vida. Existe una vida sin celos, sin miedo, sin dolor. Vuelve a recuperar tu identidad, vuelve a ser la mujer tan estupenda que has sido siempre. Déjale, denunciale y vuelve a ser feliz. La vida te está esperando. 

 

Laura Moreno Jiménez-Bravo

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¿De quién es la culpa?

La culpa es la peor de las condenas. Como si de un terrible parásito se tratara, se adueña de nuestro interior, nos devora y nos consume.
Cuando revisamos nuestras conductas y acciones y creemos que nos hemos equivocado. Cuando hemos herido a alguien o causado dolor. Entonces aparece, acompañada normalmente de sus amigos el arrepentimiento y el remordimiento, produciendo en nosotros un terrible malestar y un sentimiento de insatisfacción.

Este malestar influye en nuestros pensamientos, decisiones, acciones, sentimientos y las relaciones, tanto con los demás como con nosotros mismos.
Aunque la culpa moleste y haga daño, también tiene una misión muy clara e importante en el desarrollo personal. Nos brinda una valiosa información sobre las consecuencias de nuestras acciones y nos ayuda a ponernos límites y nos hace respetar los derechos y libertades de los demás. Nos permite reflexionar, rectificar, salir de nuestra zona de confort y disculparnos.

Pero si no la confrontamos, la culpa puede ser el arma más destructiva del ser humano. Muchas veces, todos nos hemos sentido culpables en ocasiones en las que sabemos que no deberíamos sentirnos así. ¿Verdad?

“Una persona que se siente culpable se convierte en su propio verdugo”, Lucio Anneo Séneca

¿Cuántas veces nos sentimos culpables por cosas que creemos que hemos hecho bien –o por las que no hemos hecho?, ¿Cuántas horas hemos invertido en repasar una y otra vez el mismo escenario, haciendo hipótesis y regodeándonos en el traicionero “y si…”?
¿Cuántas noches nos hemos quedado atrapados en una red de pensamientos repetitivos y tóxicos que no sirven para nada más que castigarnos?
Somos nuestro propio juez y también asumimos el papel de verdugo. Nos condenamos. Y a veces nos descubrimos haciendo y diciendo cosas que no queremos ni sentimos, minando nuestra autoestima y nuestra salud mental.

La culpa se dispara cuando creemos que no hemos obrado correctamente, y en ese momento es cuando entra en juego la moral. ¿Quién dice lo que está bien o lo que está mal?. Nuestra educación, nuestros valores y nuestra cultura, en definitiva, son los que determinan finalmente lo que es correcto y lo que no.
En estas situaciones es nuestra mente la que se convierte en nuestra peor enemiga, interpretando la realidad que nos rodea y culpándonos por algo que en dicho escenario se considera que no es correcto. Esto nos pasa porque vivimos rodeados de creencias, las cuales a veces interpretamos como verdades absolutas e inamovibles, pero lo que éstas hacen es atraparnos y limitar nuestro aprendizaje.

Por mucho que tratemos de evitarlo, en un momento u otro tenemos que enfrentarnos a nuestros errores. Lo único que nos libera de la culpa es la responsabilidad. Si nos sentimos culpables por haber cometido un acto que consideramos inaceptable, tan sólo nos queda tener el valor de aceptar lo que hemos hecho. Aunque aceptar no significa estar de acuerdo, tampoco se trata de restar importancia al hecho que ha marcado nuestra vida, ni de darle la razón a quien ha provocado esa situación. Simplemente supone dejar de lado aquellos pensamientos negativos que nos causan dolor, tristeza o enfado, y nos limitan en nuestro día a día.

“El hombre consciente se atribuye la culpa a sí mismo, el hombre inconsciente la carga sobre los demás”, Confuncio.

Liberarnos de la culpa pasa por aprender a aceptarnos tal y como somos. Sólo cuando somos capaces de ver, aceptar y perdonar lo menos brillante de nosotros mismos nos damos la posibilidad de reconectar con nuestro bienestar. Al fin y al cabo, perdonarnos significa aceptar que no somos perfectos, que estamos en un camino de aprendizaje llamado ‘vida’ y que el único error que existe es no aprender de los errores. Este proceso pasa por cuestionar el condicionamiento que hemos recibido, dejando de asociar el fallo con el fracaso y la derrota. Y apostar por darnos otra oportunidad, perdonando y perdonándonos. Así podremos dejar de vivir buscando culpables para empezar a vivir siendo responsables.

Laura Moreno Jiménez-Bravo

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Y ahora… ¿Qué?

Era una mañana normal de un día normal de una semana normal. Todo transcurría con normalidad y sobre todo una especial ilusión invadía la cabeza de todos: ¡Comienzan las vacaciones! Las maletas ya estaban cerradas y facturadas, los nervios a flor de piel y las cámaras de fotos con la batería bien cargada para no perderse ni un detalle del viaje que estaba a punto de empezar.

Llegó el momento de despegar, ya era cuestión de pocas horas para llegar al destino deseado y comenzar unos días de ensueño e inolvidables. Todo estaba saliendo perfecto hasta que ocurrió algo que jamás debería haber ocurrido… ilusiones, sueños, esperanzas, vidas…todo se destruyó, en cuestión de segundos, sin motivo ni razón.

 

En muy pocos días hemos sido testigos de tragedias horribles, todas aéreas, donde se han ido muchas vidas y muchas familias han quedado rotas para siempre. Con motivo de estos episodios, no he podido evitar reflexionar y pensar no sólo en los que se van, sino en los que se quedan.

Perder a un ser querido es la experiencia más difícil a la que todos en algún momento tenemos que enfrentarnos, y el proceso de duelo dependerá mucho de la forma en la que esa persona nos abandone.
Cuando se produce un suceso tan terrible e inesperado, no da tiempo ni a reflexionar ni a prepararnos. Llega y ya está. Todo sucede muy rápido. Siempre resulta “más fácil” adaptarse a un hecho que sabemos que va a ocurrir que algo que no esperamos. Esta pérdida produce un caos mayor, un dolor más profundo y una pregunta constante se repite continuamente: ¿Por qué?

Las muertes imprevistas llaman a las puertas de cualquiera: del niño y del adulto, del rico y del pobre, del ciudadano honesto y del delincuente, del santo y del pecador, del amigo y del enemigo. No hay distinciones, como si todos, ante el hecho inesperado, fuesen igualmente vulnerables, frágiles, incapaces de defenderse o de huir.
Sentimos entonces un desgarro profundo en el alma. Por lo inesperado del hecho. Por el afecto que sentíamos hacia una persona cercana o conocida. Por la ruptura radical que se impone en los lazos temporales.
Y entonces, ahora… ¿Qué? ¿Qué hacemos?

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Por un lado hay que afrontar la situación y los deberes inmediatos: llamadas, papeles, seguros, contactos…todo son prisas y rutinas frías, pero que nos hacen estar entretenidos y no pensar en lo que ha pasado.
Pero luego, cuando ese trajín frenético finaliza, llega el momento de enfrentarse al vacío interior y a esa herida en el alma tan profunda que no sabemos si seremos capaces de cicatrizar. Ahora queda un hueco en la cama, en la casa, en el trabajo, en nuestra vida. El mundo ya nunca será igual, por lo menos según nosotros. Nos resulta extraño ver cómo los demás siguen con sus rutinas y sus monotonías, cuando percibimos que ya todo es distinto.

Pero la pérdida de un ser querido debe de superarse, Cuando pierdes a alguien puede que te dejen de importar muchas cosas, pero necesitas cuidarte, no dejar de lado tu salud, la gente que te rodea debe procurarte. Trata de dormir y de comer muy bien para aguantar el sentimiento de tristeza profunda.

Quiero compartir con vosotros unas indicaciones que personalmente considero que son fundamentales para que sepamos superar tal pérdida:

– Acude y participa en los rituales funerarios, te ayudará a despedirte y sanar la herida. Seguramente tengas ganas de decir muchas cosas que no te han dado tiempo, así que exprésalas, no te las guardes para ti. Díselas.
Rodéate de sus pertenencias, fotos, ropa, objetos. Tendemos a evitar estas situaciones y guardar todo aquello que nos recuerde a esa persona, pero al revés, ten sus cosas contigo, te ayudará a sentirle cerca. Nunca dejes de pensar en esa persona, físicamente no está, pero siempre estará contigo.
Nunca te quedes con ninguna culpa dentro de ti. Escribe una carta expresando lo que sientes, pidiéndole perdón si así lo necesitas, dile todo lo que no te dio tiempo. Esta carta te ayudará muchísimo.

La vida cambia completamente cuando alguien se marcha, sin embargo, debes decidirte a aprender de esta experiencia. Cuando alguien nos deja, aprendes que tienes que vivir la vida hasta el último segundo, valorándola y sobre todo disfrutando de las personas a las que amas.

 

(En memoria de los fallecidos en el vuelo MH17 estrellado el día 17/07/2014)

 

Laura Moreno Jiménez-Bravo