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Blog Psicología de la Mujer

Feminismo Terapéutico

La importancia de la perspectiva de género en la psicología

Es incuestionable que vivimos en un momento social donde el feminismo tiene una gran relevancia. Esta nueva ola feminista nos está dando a las mujeres mucho aliento, mucha ilusión y muchas ganas para construir otra forma de vida.

Los profesionales de la salud no podemos mantenernos al margen de los cambios que acontecen, al revés, tenemos que implicarnos y preocuparnos por conocer cómo nuestro entorno y los cambios que se dan en éste, afectan directamente a las personas a las que atendemos. Y el feminismo está generando unos cambios profundos no sólo a nivel social y político, sino también a nivel psicológico.

Como profesional de la salud mental y emocional soy consciente de lo imprescindible que es aplicar una perspectiva de género en nuestro trabajo.

Primero vamos a definir qué es el género y la importancia que tiene en nuestro desarrollo biopsicosocial.

Entendemos que el género hace referencia al conjunto de funciones, comportamientos, actividades y atributos que cada sociedad considera apropiados para las mujeres y los hombres. Es decir, es un constructo social que tiene como fin básicamente diferenciar.

Desde que nacemos nos etiquetan en función de nuestro género, como por ejemplo, nuestro nombre, la ropa, a las niñas se nos pone pendientes, el uso de juguetes distintos, etc.

Vivimos rodeados de roles y estereotipos de género que acaban creando grandes desigualdades en todos los aspectos de nuestra vida, afectando a nuestras relaciones personales, a nuestra vida profesional y sobre todo a nuestra salud, tanto física como emocional.

¿Por qué es tan importante integrar la perspectiva de género?

Porque tenemos que reconocer que la posición de hombres y mujeres en la sociedad es desigual, y esta desigualdad es responsable del importante malestar psicosocial de las mujeres (malestares de género). Aprender a mirar con las «gafas violetas», supone aprender a mirar y comprender que los problemas individuales son a menudo resultado de la posición social de las mujeres como colectivo. Esta mirada sobre las causas del malestar individual tiene sin duda consecuencias en la forma de entender, analizar e intervenir en nuestro trabajo como psicoterapeutas.  Es imprescindible entender que los “problemas” o “malestares” que sufren las mujeres no pueden explicarse ni transformarse sin referirse a su posición injustamente subordinada en la sociedad.

Debemos abandonar la psicología tradicional androcéntrica y la psicología científica neutra para poder abordar temas tan relevantes como la formación de estereotipos, actitudes y roles sexuales, la ética del cuidado y la necesaria justicia social en el reparto equilibrado de tiempos dedicados a la producción/reproducción y por supuesto en la intervención con mujeres víctimas de violencia de género y la intervención con hombres que ejercen violencia machista.

Con mi experiencia trabajando en consulta he sido consciente de los patrones que tienden a repetirse en casi todas las mujeres. Frecuentemente cuando una mujer viene a terapia suele manifestar algún trastorno del estado de ánimo, siendo la ansiedad el más frecuente y el estado depresivo también. Los síntomas más comunes suelen ser: dificultades para dormir, nerviosismo, cansancio extremo, descontento con su imagen, problemas con la pareja, desconexión con el placer, poca apetencia en general hacia nada, falta de motivación…entre otras muchas cosas.

Entonces llega el momento de trabajar la introspección y mirar qué es lo que hay detrás de estos síntomas y somatizaciones. Aquí es cuando debemos ponernos las gafas moradas y observar con atención.

Y es ahora cuando se abre la «caja de pandora» y entiendes que el género está detrás de todos estos malestares: altas autoexigencias, dependencia emocional, miedo a la soledad, perfeccionismo, cuidar de los demás, anteponer las necesidades de los otros a las nuestras, la maternidad, creencias negativas sobre nuestro cuerpo y nuestro autoconcepto, intentar cumplir los cánones de belleza, complacer, buscar la aprobación y el reconocimiento externo, el amor romántico y el intento de sostener a toda costa relaciones que nos dañan…

Por eso es tan importancia “utilizar” el feminismo con fines terapéuticos. Porque el feminismo puede transformar nuestra realidad y hasta salvarnos la vida.

Lo mismo puede parecer una exageración cuando afirmo libremente que «El feminismo me ha salvado la vida», a mí y a muchas mujeres. Pero es real.

Menciono a continuación las razones que tengo para defender este pensamiento:

El feminismo nos ha hecho despertar, nos ha ayudado a conocernos y a conectar con nosotras mismas.

El feminismo te hace darte cuenta de quién realmente quieres ser, tomas conciencia que tienes un mundo entero por deconstruir y que en este proceso, no estás sola.

El feminismo te empuja a gritar aquello que lleva anclado en tu alma  mucho tiempo.

Te animas por fin, a pedir y reivindicar lo que te corresponde, lo que era nuestro pero me nos quitaron. El feminismo te enseña a hacer justicia. Que no venganza.

El feminismo nos ha enseñado a entender que callada no estamos más guapa. Ninguna mujer callada estará guapa. Jamás.

Con el feminismo reaprendemos a amar. Porque el concepto de amor patriarcal tan instaurado en nuestro subconsciente nos hace pequeñas, nos limita, nos hace daño. Y nos mata. Porque el amor romántico mata cada día a compañeras, por todo el mundo. Y gracias al feminismo aprendemos que el amor es todo lo contrario al dolor. Que no necesitas que te salve nadie. Que no queremos príncipes que nos cuiden. Que lo que necesitamos son compañeros que quieran crecer a nuestro lado.

Y te planteas que lo mismo no quieres ser madre. Que una mujer sin hijos está igual o más completa que aquellas que sí han decidido criar. Porque parir no es nuestra obligación, sino una opción que debemos considerar de forma responsable. La maternidad deja por fin de ser una imposición para convertirse en una elección.

El feminismo te transforma y te empodera

Las/los profesionales de la Psicología tenemos que ser conscientes de la importancia que tiene el feminismo y la perspectiva de género en nuestro trabajo, y por ello tenemos  que participar, producir y reproducir sistemas de relaciones más democráticos, igualitarios y justos, que serán también, sin duda, más saludables y satisfactorios para las mujeres y para los hombres.

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Alimentación Blog

¿Tengo hambre o tengo ansiedad?

Psiconutrición: cómo aprender a distinguir entre el hambre físico y el emocional.

 

El estado de ánimo influye en la forma de alimentarnos y, como prueba de ello, la comida se convierte en el refugio más fácil y accesible. Alimentos con un elevado contenido en grasas, azúcar y sal suponen el mejor consuelo. Por ello, la nutrición emocional busca, a través de habilidades psicológicas, aprender a distinguir entre el hambre físico y el que está marcado por la ansiedad o la apatía.

La acción de comer genera normalmente una sensación de bienestar, pero hay muchas ocasiones en las que comemos movidos por nuestras emociones, y no nuestras necesidades fisiológicas. El simple hecho de estar de buen humor o por el contrario, sentirnos mal por algo que nos ha ocurrido, va a determinar en la mayoría de las veces qué alimentos ingerimos. Cuando nuestro estado de ánimo es ansioso o negativo, existe cierta tendencia a buscar alivio o refugio en la comida. 

Seguramente a todxs nos ha pasado algo parecido: es viernes por la noche, estoy cansada de la semana dura de trabajo y además no tengo ningún plan porque mis amigos están fuera u ocupados con sus parejas, asi que decido quedarme en casa, ver una serie, pedir una pizza acompañada de un montón de chucherías, refrescos o alcohol, aún sabiendo que mañana me voy a levantar con dolor de tripa por comer tanta golosina, me da igual. ¿Os suena? 

Nuestra forma de comer se ve condicionada por el cerebro emocional. Muchas veces comemos para «anestesiarnos» en vez de alimentarnos. Desde que somos pequeñitos algo muy habitual es ser premiados o castigados con la comida, y el cerebro asimila esta información, la integra en la vida cotidiana especialmente cuando surgen dificultades.Cuando no sabemos cómo resolver nuestros problemas, pretendemos que la comida lo haga por nosotros.

 

Hambre emocional: la importancia de regular las emociones

Es importante que conozcamos que hay muchos alimentos que guardan una estrecha y directa relación con las emociones. Los alimentos con un gran aporte calórico, alto contenido en grasas y azúcares, son aquellos que suelen apetecernos más en momentos de euforia como en momentos más deprimidos. 

¿Pero por qué nos apetecen más estos alimentos y no otros? Porque en nuestro cerebro se activan los sistemas de recompensa, regulados por neurotransmisores que rápidamente activan una sensación placentera ante estos estímulos (chuches, chocolate, patatas fritas…). Cuando repetimos esta conducta con frecuencia, en algunas personas ocurren cambios bioquímicos permanentes que alteran y llegan a modificar la conducta alimentaria. 

Esta realidad cobra todavía más importancia cuando hay sobrepeso y la persona desea ponerse a dieta. El sobrepeso nos indica que hay «cosas no resueltas», pone de manifiesto que hay algo que sobra en nuestro cuerpo, de lo que debemos desprendernos. Por eso es importante detectar el hambre emocional, y darnos cuenta que estamos llenando con comida ciertas carencias emocionales o  conflictos afectivos.

La psiconutrición, disciplina que llevamos a cabo psicólogos y nutricionistas, consiste en equipar a la persona que está llevando a cabo un cambio en su hábito alimenticio, como una dieta de adelgazamiento, de herramientas psicológicas para no caer en la ingesta emocional y responder sólo a la fisiológica sin sufrimiento, ansiedad, y con calma.

 

Cuidado con la dieta y la restricción

Personalmente, el concepto «dieta» no me agrada. Se ha demostrado que lo más eficaz para producir un cambio saludable en la alimentación de una persona, es promover cambios en sus hábitos conductuales respecto a la comida y al ejercicio físico, respaldado todo ello con un apoyo emocional. Una dieta es algo limitado en tiempo y objetivos, pero un cambio de hábitos implica una modificación permanente en la conducta. 

Restringir alimentos, algo muy común en personas que realizan dietas de adelgazamiento, incrementa sensaciones de ansiedad y angustia, desembocando en un consumo de los mismos. Esto pasa con el azúcar, que influye en los estados depresivos formando un circulo vicioso. En las dietas restrictivas de azúcar e hidratos de carbono, generalmente se acaban produciendo «atracones» o se realizan los ahora llamados «cheat meal» (día de la semana que la persona a dieta come lo que le da la gana, especialmente grasas y azúcares). El peligro de estos atracones de azúcar es la descompensación hormonal que nos provoca, acentuando las emociones de culpa y tristeza. Este comportamiento repetido y sin control, es uno de los síntomas del trastornos alimenticio de la bulimia.

 

Todos los trastornos emocionales o psicológicos: ansiedad, estrés, miedo, depresión…repercuten en nuestra conducta alimentaria.

La comida puede convertirse en un alivio temporal a un problema, o una herida emocional mucho más profunda, pero mientras no sanemos esas heridas o resolvamos esos problemas por nosotrxs mismxs, seguirán ahí, la comida sólo los esconderá.

 

Por eso, es muy beneficioso contar con expertos en PSICONUTRICIÓN, profesionales de la psicología que podemos ayudarte a gestionar tus emociones y además, como nutricionistas que somos, contamos con un amplio conocimiento en comida y alimentación. Resolverás tus conflictos y dificultades y desarrollarás una conducta alimentaria saludable que te cambiará la vida. 

 

 

Laura Moreno Jiménez-Bravo

 

 

 

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¿Por qué soy psicóloga?

Muchas veces me hacen esta pregunta: ¿Por qué decidiste ser psicóloga?, y tengo muy claro porqué y es una reflexión que me apetece compartir con todos vosotros.

Mis padres dicen que me formé como psicóloga porque soy una cotilla y quiero enterarme siempre de todo. (No les falta razón, todo sea dicho), pero no fue el motivo principal que me enganchó a esta disciplina desde el primer día que pisé la facultad.

Soy psicóloga porque siempre me ha gustado escuchar y ayudar a los demás.

Soy psicóloga porque siento la necesidad de  cambiar todo lo que no me gusta y ayudar a que los demás lo cambien si es que no pueden o no saben cómo hacerlo.

Soy psicóloga porque me gusta hablar y usar mis palabras para intentar hacer felices a los demás, ayudarles, fortalecerles, aliviarles y comprenderles.

Soy psicóloga porque no hay experiencia más bonita que “tocar” los pensamientos, inquietudes, miedos, sentimientos, alegrías, dudas y secretos de los demás y enseñar a cómo moldearlos para que lo que hoy es un problema, mañana sea un aprendizaje.

Soy psicóloga porque he aprendido a escuchar sin juzgar, observar sin escandalizarme y creer siempre en el bien.

Soy psicóloga porque me gusta pensar que el día de mañana muchas personas me recordarán como aquella “amiga” que les ayudó a que se puede ser feliz y se pueden conseguir todos los sueños cuando consigues conocerte y aceptarte a ti mismo.

Ser psicóloga es tener una inmensa responsabilidad, ya que tienes el don para poder construir o destruir lo más valioso de las personas; pero ser psicóloga, por encima de todo, es un excelente privilegio. Ser psicóloga es mi vida, mi felicidad.

 

«He encontrado el significado de mi vida al ayudar a los demás a encontrar su significado»

-Viktor E. Frankl

 

Laura Moreno Jiménez-Bravo 

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Blog Desarrollo Personal Psicología Positiva

Tú eres tu mejor compañía

Para todos aquellos que alguna vez se han sentido solos, hoy quiero hablaros sobre cómo las personas podemos aprender a estar en soledad y además, sentirnos muy felices por ello.

Vivimos en una sociedad donde parece que lo “normal” es estar acompañado y vivir en pareja. No nos han enseñado a estar solos, desde que nacemos, nos enseñan a depender de los demás: padres, amigos, pareja…

Cuando eres un adolescente no te importa, pero cuando llegas a la treintena y no vives acompañado por una pareja sentimental, te conviertes en el centro de atención de los demás y empiezan a lloverte determinadas preguntas incómodas: ¿Cómo es que no tienes pareja?, ¿No encuentras a nadie?, ya tienes 30 y pico… ¿A qué esperas?

Este tipo de situaciones, nos suelen hacer sentirnos frustrados, y tendemos a estresarnos cuando vemos que pasa el tiempo y seguimos sin pareja.

Me gustaría haceros una pregunta: ¿Necesitas a alguien para estar mejor?. Lo cierto, es que no deberíamos ver como algo negativo el no tener una pareja. El momento en que una persona está sola, soltero/a, sin pareja, es un momento muy positivo para nosotros, donde aprendemos a conocernos, a pasar más tiempo con nosotros mismos, a realizar aquellas cosas qué tantas ganas teníamos pero que con nuestra pareja no pudimos…es un momento de disfrute, de crecimiento personal que debemos valorarlo cómo un aprendizaje y que nos ayudará en nuestras siguientes relaciones, porque ya no seremos los mismos, sino que después de un tiempo en soledad, habremos cambiado y evolucionado positivamente.

Hay personas que viven su situación de soledad cómo una gran tragedia, no logran sentirse bien a solas y estar sin pareja les supone un gran problema. Pero pensad una cosa: si no consigues estar bien contigo mismo… ¿Cómo vas a estarlo con otra persona? El “truco” principal para que tu relación de pareja funcione bien, es que te quieras a ti mismo y sepas estar contigo, conocerte y aceptarte, por  lo tanto, sino sabes estar solo/a tus próximas relaciones seguirán saliendo mal…

En lugar de buscar una pareja desesperadamente, estando solos podemos encontrarnos con nosotros mismos, entendiendo mejor nuestras virtudes, inquietudes, expectativas, sueños…y así sabremos identificar mejor qué es lo que nos hace felices en una relación y podremos evitar aquellos errores que cometimos en la anterior.

A continuación, enumero unas recomendaciones que pueden ayudarte a vivir mejor, tolerar esa sensación de frustración y gestionar el estrés cuando nos encontramos “solos”:

  • Determina qué cosas son importantes para ti y te hacen realmente feliz. Descubre cuáles son tus valores y las posibilidades que tienes para hacer algo coherente con ellos.
  • No seas tan duro contigo mismo. Baja el nivel de auto-exigencia. Tendemos a pensar que estar solo es un problema o un castigo, cambia esa idea por la siguiente: estoy solo porque yo lo he decidido. Te sentirás mejor pensando así.
  • Activa tu espíritu aventurero y lánzate a cosas nuevas que se salgan de lo que haces normalmente. Es el momento para hacer ese viaje que tantas ganas tienes, apúntate a una actividad nueva, realiza un deporte que nunca hayas realizado antes… ¡tienes todo el mundo para ti! Aprovéchalo.
  • Olvídate de los convencionalismos. No te sientas mal porque tus amigos tengan pareja y tú no. Lo convencional no tiene que ser lo “bueno”, cada uno elige lo que quiere hacer con su propia vida, no desperdicies la tuya porque no haya una pareja a tu lado. Olvídate de los tópicos y disfruta.
  • Procura esforzarte en ser mejor cada día, y no lo hagas por gustar ni agradar a nadie, hazlo por y para ti.
  • Quiérete, date tus caprichos y mímate. Descubre qué cosas te animan y practícalas.

 

La vida hay que vivir al cien por cien. Tienes que vivir cada momento de tu vida en plenitud, sin importarte si llega -o no- una nueva persona a tu vida.

Realmente se trata de orientar nuestros esfuerzos hacia dentro, mejorar tú como persona, encontrando cuáles son tus  metas y perseguirlas.

Ten en cuenta que solo una persona plena, satisfecha y feliz consigo misma y con la vida que lleva, puede construir la felicidad con alguien más a su lado.

No lo olvides, tú eres tu mejor compañía.

 

Laura Moreno Jiménez-Bravo

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Blog Desarrollo Personal Psicología Positiva

Conoce tus emociones

Las emociones forman parte de nuestro día a día, de nuestras rutinas y sin embargo, para la mayoría de nosotros pasan desapercibidas… Incluso, aun llegando al extremo, poco o nada nos detenemos para intentar averiguar que nos dicen.
Las emociones son reacciones psicofisiológicas que representan modos de adaptación a ciertos estímulos del individuo cuando percibe un objeto, persona, lugar, suceso, o recuerdo importante. Es decir, las emociones siempre nos van a indicar algo, por lo tanto, deberíamos profundizar más en ellas. ¿Por qué no lo hacemos? En este artículo voy a hablaros sobre las emociones básicas y sus características.

“Hay que tener en cuenta que el impulso es el vehículo de la emoción y que la semilla de todo impulso es un sentimiento expansivo que busca expresarse en la acción.”
-Daniel Goleman-

ALEGRÍA
– La alegría es la emoción positiva que surge cuando algo bueno nos ocurre, cuando se produce un acontecimiento favorable que suele manifestarse con signos externos como la sonrisa, un buen estado de ánimo y el bienestar personal.
– Funciona como un motor que activa nuestros recuerdos y experiencias alegres, además mejora nuestra salud, pues provoca cambios hormonales reduciendo el estrés, mejorando la respuesta inmune.
– Nos facilita las relaciones sociales, pues cuando nos sentimos alegres somos personas más comunicativas, más solidarias y dinámicas. Todo ello consigue suavizar las emociones negativas: cuando sentimos alegría lo malo carece de valor.
– Lo mejor de la alegría es que se contagia y se transmite. Cuando estamos alegres nos gusta compartirlo con los demás, derrochando felicidad a nuestro alrededor.

“Sin la tristeza no seríamos capaces de sentir alegría.”

TRISTEZA
– La tristeza se caracteriza por un estado de ánimo que decae y hace que nuestra actividad mental se reduzca, reduciéndose también nuestras acciones y nuestra vitalidad.
– Estamos tristes cuando ocurre algo que hiere nuestros sentimientos: una pérdida, un rechazo, un fracaso… es decir, cuando nos sentimos dañados. Se puede tratar de una situación leve momentánea o puede ser una sensación intensa y más duradera, pero no podemos confundirlo con una depresión.
– Sentir tristeza nos impide normalmente el contacto social y relacionarnos con los demás de forma fluida y activa, solemos tener tendencia al aislamiento cuando estamos tristes, buscando así reflexionar sobre aquello que nos duele.
– A veces, cuando se repiten episodios de tristeza de forma continuada podemos llegar a experimentar lo que se llama “indefensión aprendida” que nos lleva a pensar que hagamos lo que hagamos todo seguirá saliendo mal.

“La tristeza también tiene su lado positivo: te hace reflexionar acerca de lo que realmente te importa.”

MIEDO
El miedo es la emoción que se produce por un peligro inminente que consideramos que puede dañarnos o dañar a personas de nuestro entorno.
– El miedo es la emoción más complicada y necesaria a la vez. Gracias al miedo las especies han podido sobrevivir, el miedo ha permitido al ser humano para huir o enfrentarnos ante algo que supone un peligro real para nuestra seguridad. Cuando sentimos miedo nos vemos obligados a tomar decisiones sobre qué situaciones queremos evitar.
– Lo malo del miedo es cuando aquello que tememos no es un peligro real, sino que se teme en base a la interpretación que hacemos sobre los acontecimientos. Nos proyectamos en futuro imaginado en el que las consecuencias de sentirlo serán negativas para nosotros. Cuando nos anticipamos y sentimos un miedo desmesurado hacia algo, sufrimos lo que se llama ansiedad.

“No hace falta conocer el peligro para tener miedo; de hecho, los peligros desconocidos son los que inspiran más temor.”

IRA
La ira es una emoción negativa que aparece cuando nos enfrentamos a situaciones que consideramos frustrantes o dañinas para nuestra integridad o la de las personas que nos importan. Cuando sentimos ira nos sentimos amenazados y con ello sentimos la necesidad de defendernos.
– La ira nos lleva a tomar decisiones muchas veces inadecuadas. Cuando sentimos ira nos cuesta pensar racionalmente y el enfado nos ciega, expresando afectos negativos hacia el foco de nuestra frustración, ya sea una persona o una situación, sin haber reflexionado sobre ello previamente.
– Es la emoción más dañina tanto para nosotros como para los demás, lo ideal es aprender a detectarla y poder canalizarla, antes de convertirnos en una olla exprés a punto de explotar.
– Una persona que vive con ira es una persona infeliz que no es capaz de hacer feliz a los demás.

“No os entreguéis demasiado a la ira; una ira prolongada engendra odio.”

ASCO
El asco es la respuesta emocional que damos ante alguna cosa que no nos gusta, que nos resulta desagradable.
– Las respuestas de asco son muy intensas y características, es casi imposible disimular cuando algo nos produce asco.
– La función de supervivencia es la de protegernos ante una posible intoxicación o envenenamiento, pero cuando sentimos asco hacia algún alimento no tóxico suele estar relacionado con alguna mala experiencia previa que asociemos a ese alimento.
– No sólo sentimos asco por la comida o por olores de distintas sustancias, sino que las ideas morales que son desagradables para nosotros y las personas que las representan también nos producen esta emoción.

“El asco podría considerarse una emoción derivada de la propia civilización cuyo cometido es la protección y preservación de los valores culturales del momento”
Miller- 1997

SORPRESA
La sorpresa es un estado emocional resultado de un evento inesperado.
– Es la emoción más breve que se conoce. Se produce de una forma súbita ante una situación novedosa y desaparece con la misma rapidez que apareció. Además suele convertirse también rápidamente en otra emoción, la que sea congruente con el estímulo que desencadenó la sorpresa.
– La situación sucede con tanta rapidez que cuando nos vemos sorprendidos por algo tenemos muy baja capacidad de control y muy baja capacidad de predicción.
– La sorpresa prepara para afrontar de forma efectiva los acontecimientos repentinos e inesperados. Facilita procesos atencionales, las conductas de exploración y el interés o curiosidad por situaciones novedosas.

“La vida es la constante sorpresa de saber que existo.”

Con este texto me gustaría resaltar la importancia que tiene conocer nuestras emociones y tomarnos tiempo suficiente para atenderlas y entenderlas.
Tus emociones pueden ser tu gran fortaleza o por lo contrario tu gran debilidad. Si aprendes a conocerlas y a gestionarlas, serás un gran artífice de tu realidad: de tu felicidad.

 

Laura Moreno Jiménez-Bravo

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Blog Psicología clínica

Tratamiento psicológico en el dolor crónico

El dolor crónico es una de las peores condiciones a las que se tiene que enfrentar una persona. En esta entrada voy a hablar sobre los aspectos psicológicos en los que influye el dolor crónico y viceversa, aquellos que pueden incrementar el dolor, produciendo un sufrimiento mayor que el que corresponde al daño que provoca el dolor. Se mencionan también diversos círculos viciosos que incrementan el sufrimiento en el dolor y el tratamiento psicológico que los puede romper.

La comprensión científica del dolor va evolucionando rápidamente. Antes se pensaba que su presencia implicaba únicamente la existencia de un daño físico, sin embargo, actualmente la ciencia nos ha llevado a descubrir la importancia que tienen las consecuencias de la vivencia del dolor. Porque el dolor genera importantes reacciones emocionales que pueden potenciar el sufrimiento que lleva asociado.

Pero, además, si el dolor se hace crónico puede tener un impacto devastador en todos los aspectos vitales de la persona que lo sufre:

  • Socialmente, porque se tienen que disminuir las relaciones sociales con amigos y allegados.
  • Laboralmente, puede llegar a afectar a la capacidad de trabajar, produciendo un sentimiento de inutilidad y problemas económicos.
  • En las relaciones de familia y de pareja, porque no se pueden cumplir las expectativas de nuestros seres queridos.

Un dolor crónico llega a hacer que las personas se planteen el para qué y el por qué de la vida. Normalmente tenemos la experiencia de que el dolor es pasajero y controlable; pero cuando aparece un dolor resistente, que no se pasa, nuestra concepción del mundo se tambalea. Surge entonces la necesidad de construir una nueva en la que tenga sentido la existencia de un dolor que no se puede evitar y en la que podamos dar cabida a:

  • Sensaciones corporales incontrolables.
  • Limitaciones en la capacidad corporal.
  • Pérdida de contacto social.
  • Problemas laborales que pueden incluir incertidumbre económica, etc.

La labor del psicólogo se centra en trabajar terapéuticamente todos estos aspectos del dolor para mejorarlo y hacerlo más soportable.

Reacciones emocionales asociadas al dolor

El dolor tiene la función de avisarnos para que hagamos algo que consiga reparar el daño físico que pensamos que lo genera. El dolor es una sensación generalmente terrible y, como indicio de un mal, amenazante. Por eso, una reacción natural en el hombre es el miedo al dolor, un miedo que es adaptativo porque nos impulsa a evitarlo y eliminarlo.

Pero no siempre una reacción de miedo nos lleva a un comportamiento adecuado. Por ejemplo, para que no nos duela algo nos estamos quietos y dejamos de hacer muchas cosas que nos hacían la vida agradable, a veces más allá de lo estrictamente necesario. Otro ejemplo se da cuando el miedo al dolor nos puede hacer no acudir al dentista, lo que finalmente será causa de un mal mayor.

En el caso de un dolor crónico, nuestra lucha por evitar el dolor se convierte muchas veces en un esfuerzo inútil. El sentimiento de fracaso nos genera, primeramente impotencia y un estado de irritación que influye en nosotros y quienes nos rodean. Finalmente, cuando vemos que no es posible acabar para siempre con él, podemos caer en una depresión o al menos en un estado de ánimo deprimido que nos hace perder el sentido de la alegría.

La continuidad del dolor nos puede producir ansiedad social. Si nos impide nuestra actividad normal, puede llegar a generarnos un sentimiento de inutilidad y de no sentirnos necesarios. Si nos esforzamos en luchar contra ello y que nada cambie, podemos llegar a intentar mantener niveles de actividad similares a los que teníamos cuando no sentíamos dolor, muy por encima de nuestras posibilidades actuales.

Nos damos cuenta de que, además del daño físico, el dolor lleva asociados una serie de procesos psicológicos tan desagradables, duros y amenazantes como el propio dolor y que se unen indisolublemente a él. Para entender estos fenómenos hay que distinguir bien ente dolor y sufrimiento.

Círculos viciosos en el dolor crónico

Los intentos de eliminar el dolor crónico nos pueden llevar a entrar en círculos viciosos que no solamente no solucionan el problema, sino que lo empeoran. La ruptura de estos círculos es uno de los objetivos prioritarios de la intervención del psicólogo en el tratamiento del dolor.

La lucha contra el dolor se libra en nuestro propio cuerpo y en él generamos cambios para conseguir disminuirlo. Así, modificamos nuestra respiración, nuestra postura o incrementamos la tensión muscular lo que nos ayuda muchas veces a soportarlo. Pero cuando el dolor es crónico estas conductas mantenidas largo tiempo acaban incrementando el problema y amplían el impacto del dolor, así nos aparecen contracturas musculares y problemas de dolor en zonas cercanas. Son reacciones automáticas; pero no por ello menos dañinas. Intentan controlar el dolor, pero en realidad nos lo producen más, entrando en un círculo vicioso del que es difícil salir.

También hemos visto como una lucha que fracasa contra el dolor crónico nos lleva a un estado de ansiedad y de depresión que a su vez potencian las sensaciones dolorosas, porque nuestro estado las hace más insoportables con lo que el dolor aumenta y hace que nos esforcemos más y que el fracaso sea más importante. Estableciéndose así otro círculo vicioso.

A veces el dolor tiene ganancias secundarias cuando nos evita hacer determinadas cosas que no nos gustan o conseguimos atención de las personas queridas. Pero estas “ganancias” son una trampa mortal, porque están deteriorando nuestras capacidades personales y limita nuestras relaciones personales de manera determinante. Además, no nos permiten olvidar el dolor y dedicarnos a otra cosa y por tanto nos impiden superarlo.

Los cambios sociales derivados de nuestra nueva situación incrementan notablemente el estrés. Si queremos mantener nuestra actividad necesitamos más esfuerzo. Si no lo hacemos podemos perder nuestra posición económica, pero los esfuerzos más allá de nuestras capacidades nos llevan al incremento del dolor en un círculo vicioso adicional.

Si no encontramos remedio a nuestro dolor porque la ciencia y la medicina son limitadas, la búsqueda de una vida sin dolor nos puede llevar a abandonar un tratamiento adecuado y de nuevo nuestro afán por mejorar nos lleva a empeorar.

El psicólogo en el tratamiento del dolor crónico

El problema no es que haya dolor crónico, sino que éste arruine nuestra vida ocasionándonos problemas de pareja, de trabajo, de amistades y tiempo libre, de ansiedad, depresión, insomnio, etc. y que lo haga porque hemos caído en alguno de los círculos viciosos que se han señalado.

Para salir de esos círculos hay que darse cuenta que estamos ante una situación que no se puede cambiar y que la aceptación es el único camino:

  • Aceptación es no hacer nada para evitar, dejar de hacer todo lo que no sirve: desmontar los círculos viciosos y potenciar el tratamiento médico adecuado.
  • Aceptar es abrirnos a experimentar los sucesos y las sensaciones completamente, plenamente y en el presente, como son y no como tememos que sean.
  • Aceptar es tomar conciencia de las limitaciones que conlleva el dolor crónico.
  • La aceptación abre el camino al compromiso, a seguir haciendo aquello para lo que valemos de acuerdo a nuestras capacidades, aunque esto signifique que tengamos que adecuar nuestras metas a nuestras capacidades limitadas por un dolor crónico.
  • Aceptar no es quedarse con el sufrimiento que se tiene, la aceptación disminuye el sufrimiento e incluso inicia el proceso psicofisiológico de la habituación, por el que el dolor se hace más tolerable porque nos habituamos a él. Habituándonos a las sensaciones disminuye la ansiedad, el miedo y la depresión, tendremos menos sensaciones asociadas al dolor y continuaremos comprometidos con un nuevo papel social con valores propios

Si su dolor tiene un componente psicológico

Todo dolor tiene un componente psicológico. De hecho la definición dada por la Asociación Internacional para el Estudio del Dolor es:

“El dolor es una experiencia sensorial y emocional desagradable, asociada con una lesión presente o potencial o descrita en términos de la misma”.

Y en ella se incluye de forma explícita el componente emocional, y por tanto psicológico.
Pero cuando alguien nos dice que nuestro dolor tiene un componente psicológico nos están transmitiendo connotaciones negativas e ideas erróneas.

  • Parece que implica que no es real, que solamente está en nuestra cabeza, pero el sufrimiento psicológico es peor que el físico y tan real como él. Se siente en el cuerpo con tanta intensidad o más que el dolor asociado a un daño físico.
  • Parece que estuviera en nuestras manos quitárnoslo, que solamente hace falta querer, “fuerza de voluntad”. Pero hemos visto que no se puede luchar por las buenas contra el dolor y menos todavía contra la componente psicológica del dolor. Que es un proceso complejo que pasa por la aceptación de algo tan desagradable y amenazante como el dolor crónico lo que nos coloca ante retos personales trascendentes que pueden necesitar un trabajo terapéutico profundo.

Pero aceptar el dolor, abrirnos a su experiencia es muy duro y puede precisar de una terapia psicológica. Supone que la persona tiene que incorporar en su propio autoconcepto la nueva incapacidad de controlar el dolor y las limitaciones que tiene y pese a ello encontrar un sentido a su vida. Por eso la terapia de aceptación y compromiso proporciona una visión más amplia del mundo en la que cabe la inevitabilidad del dolor.

Hoy día la terapia psicológica cognitivo conductual tiene suficientes herramientas para poder enfrentarse con éxito a esos problemas. Son técnicas que han mostrado su eficacia de forma científica. Por citar algunas:

  • La relajación y el biofeedback nos enseñan a dejar tensiones dañinas en nuestro cuerpo. La meditación junto con la relajación, la respiración y el biofeedback nos permite no seguir automáticamente nuestros impulsos que nos llevan a caer en uno de los círculos viciosos.
  • Distraerse del dolor es un consejo muy a mano; pero realizarlo no es nada fácil y puede ser necesario un entrenamiento profundo que requiere técnicas especiales.
  • Las técnicas cognitivas como la reestructuración, la terapia racional emotiva, etc. nos ayudan a enfrentarnos con nuestros pensamientos y sentimientos de forma racional y de manera más eficaz.
  • Las técnicas operantes de potenciación de actividades permiten recuperar al límite actual nuestras capacidades.
  • La hipnosis es otra herramienta que incide directamente en los mecanismos psicológicos de percepción del dolor.
  • Las técnicas de asertividad y el entrenamiento en habilidades sociales permiten enfrentar los cambios sociales derivados de las nuevas limitaciones asociadas al dolor crónico.

La psicoterapia cognitivo conductual ha demostrado científicamente su eficacia en el tratamiento del dolor crónico por medio de ensayos clínicos controlados. También ha demostrado ser el tratamiento de elección en problemas de ansiedad y depresión, que son consecuencia del dolor y a su vez incrementan sus efectos.

 

Laura Moreno Jiménez-Bravo

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Blog Psicología clínica

¿Qué son las distorsiones cognitivas?

Muchas veces nuestros pensamientos (no la realidad) son los que hacen que nos sintamos mal, y muchas veces no nos damos cuenta, pues al fin y al cabo, nuestros pensamientos los interpretamos como reales. Pero hay que tener en cuenta que la mente es una experta en distorsionar lo que ocurre y darle más importancia a las cosas o exagerar los eventos, y con esto hacer que nos sintamos peor. ¿Qué podemos hacer? Pues lo primero es saber reconocer cuando esto ocurre, y para ello voy a describir las distorsiones cognitivas más frecuentes.

¿Qué es una distorsión cognitiva?

Se entienden como un error en el procesamiento de la información asociado a unas creencias desadaptativas o que no se ajustan al entorno. Este error en el procesamiento puede influir en la conducta y en el estado emocional. Estas percepciones y pensamientos distorsionados son acerca de uno mismo, del mundo y del futuro.

Las distorsiones cognitivas no son un trastorno ni una enfermedad, pero sí es cierto que son parte del cuadro central de muchos trastornos como los trastornos de personalidad o la depresión, que pueden llegar a mantenerse por estas corrientes de pensamiento erróneas.

Pongamos un ejemplo: Un hombre de 35 años, sus amigos se han olvidado de avisarle para quedar, otro día les dice de quedar y ellos no pueden. Él piensa: “Mis amigos pasan de mi” “Se habrán cansado de mi” (pensamiento distorsionado). En esta situación, hasta que no hable con ellos no puede confirmar el motivo, con lo cual no debería inferir que sus amigos no le quieren o que pasan de él. Es más fácil pensar que es una coincidencia y ya después de comprobar el motivo hacer inferencias. Este pensamiento le va a hacer sentir triste y mal y además tener rencor hacia sus amigos. Podría haber evitado este malestar si no hubiera aceptado ese primer pensamiento como verídico.

¿Porqué ocurren las distorsiones?

Suelen ocurrir por aprendizaje de experiencias pasadas, acabamos generalizando esa forma de pensar al resto de nuestra vida. Puede que en su origen y en ese momento estos pensamientos fueran útiles, pero al interiorizarlos y aplicarlos sistemáticamente a todos los eventos de nuestra vida diaria pierden su utilidad y se convierten en un problema.

De pequeños construimos esquemas sobre el funcionamiento del mundo en base a nuestra experiencia, estos esquemas pueden verse modificados por experiencias aversivas, estresantes o negativas (al igual que por las positivas). Así pues sería la interacción de la persona con el medio la que acostumbraría a la persona a evaluar de cierta forma o utilizar ciertas estrategias para relacionarse.

La distorsión ocurre porque aplicamos unas estrategias de pensamiento erróneas, dando por hecho que las situaciones son de una manera (según nuestros esquemas), cuando la situación ya no es así. La estrategia que habíamos aprendido para ese tipo de situaciones y que seguimos aplicando resulta del todo inútil y contraproducente. Es decir, en cierta manera perdemos capacidad de adaptación al evaluar de forma sesgada el entorno.

 

¿Cuántas distorsiones existen y en qué consisten?

A continuación, presento un listado con los tipos de distorsiones más comunes.

1- Inferencia arbitraria: Llegar a una conclusión sin evidencias o incluso con evidencias contrarias. Se subdivide en dos tipos:

  • Adivinación del futuro → Anticipación sin evidencia de algún acontecimiento futuro.
  • Lectura de mente → Conclusión sobre lo que piensa el interlocutor (la otra persona) y a la que llegamos sin evidencia.

2- Abstracción selectiva (filtro mental): Valoración de un hecho o experiencia a partir de un solo elemento ignorando los otros. Enfocarse en solo ciertos aspectos de la situación, normalmente negativos.

3- Generalización excesiva (sobregeneralización): Conclusión extraída de uno o más hechos aislados y que es utilizada como regla general para situaciones relacionadas y similares pero también para otras que no lo están. Es decir sacar conclusiones generales para todo en base a un caso aislado.

4- Magnificación y minimización: Incrementar la magnitud (sobreestimar) de los sucesos negativos y minimizar (subestimar) la de los positivos. Algunos autores incluyen dos subtipos:

  • Catastrofización o visión catastrófica → Imaginar y especular el peor resultado posible independientemente de su probabilidad de ocurrencia. O calificar la situación como intolerable e insoportable cuando en realidad no lo es tanto.
  • Negación → Tendencia a negar problemas, errores o debilidades. (Lo opuesto a la catastrofización).

5- Personalización: Atribución personal de sucesos externos sin base suficiente. Asumir que uno mismo u otros han causado cosas directamente.

6- Pensamiento absolutista y dicotómico (todo o nada): Interpretar los sucesos y personas en términos absolutos sin tener en cuenta puntos intermedios, aparecen palabras como “siempre…”, “nunca…”, “todo…”, “nada…”. Clasificar el mundo en términos de blanco o negro, malo o bueno, adscribiéndose las categorías negativas en la descripción de si mismo.

7- Razonamiento emocional: Formular argumentos basados en como nos sentimos y no en la realidad. Guiar las creencias de la realidad en función de las emociones negativas sentidas.

8- Descalificar u olvidar lo positivo (invalidar lo positivo): Desconsiderar arbitrariamente y de forma continuada las experiencias positivas. Rechazar lo positivo.

9- Enunciados «debo»: Aplicar de forma rígida las reglas sobre nuestras obligaciones y las de los demás. Centrarse en lo que uno piensa que debería ser en lugar de lo que es y aplicar reglas rígidas con independencia del contexto.

10- Etiquetado: Utilizar etiquetas para describir las conductas y las personas. Las etiquetas suelen ser absolutas, negativas e inalterables.

11- Culpabilización: Valoración a posteriori de un acontecimiento para establecer lo que uno debería haber hecho. Culpabilizar a los demás o a si mismo de los problemas (aún sin asociación objetiva).

Algunos ejemplos son pensamientos del tipo: “nadie me quiere”, “todo me va mal”, “el mundo es injusto”, “Voy a suspender”, “piensan que soy tonta”, “se ríen de mi”, «para ser feliz debo tener dinero”, “si no hago lo que dicen los demás, no les caeré bien”, “ella me hace enfadar”, “siempre ha sido así”, “no le gusto”…. ¿Os suenan, verdad…?

 

¿Qué puedo hacer yo para controlar estos pensamientos distorsionados?

  • Ser conscientes de que la forma en que percibimos el mundo es solo una de las posibles formas, no la nuestra tiene porque ser la correcta. Es útil pensar qué alternativas hay, qué pensaría otra persona si lo viera de fuera e intentar analizar la situación de manera objetiva, sin dejarnos llevar por las emociones. Intentar observar si podemos estar cometiendo alguna distorsión de las enumeradas y si identificamos una, intentar buscar un pensamiento alternativo más adecuado o proporcionado a la situación.
  • Tenemos que pensar que no es que un problema no tenga solución, sino que simplemente nosotros aún no hemos sido capaces de encontrarla y que por lo tanto hay que plantearse métodos diferentes.
  • Debemos estar abiertos a cuestionarnos, no siempre podemos aplicar las mismas reglas a todas las situaciones, debemos aprender a adaptarnos, a cuestionar nuestros modelos y pensamientos de vez en cuando.
  • Siempre observar el diálogo interno, ¿Qué nos decimos a nosotros mismos cuando algo va mal?. Intentar convertir nuestro discurso en algo realista que siga un método similar al científico, evaluando las pruebas y los datos antes de extrapolar conclusiones y ser conscientes de que estas conclusiones, incluso con pruebas, pueden ser erróneas.

He querido compartir con vosotros esta información a cerca de las distorsiones cognitivas, porque es muy importante, a la vez que difícil, el saber adaptar nuestros pensamientos a la realidad. Las distorsiones cognitivas pueden llevarnos a sentir ansiedad, baja autoestima, indefensión, tristeza, frustración, ira… Es un cambio importante en la vida de las personas el poder ajustar su estado emocional a la realidad y no a la inversa (juzgar la realidad según las emociones). No olvidemos que todo actividad mental está controlada por nosotros mismos: somos lo que pensamos, así que cuidemos nuestros pensamientos!

 

Laura Moreno Jiménez-Bravo

 

 

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Cómo terminar con una relación tóxica

A veces nos vinculamos con personas nocivas, que nos quitan energía y no nos ayudan a sentirnos bien, al contrario, nos dificultan avanzar en la vida. Rodearnos de estas personas nos intoxica de tal manera que nos sentimos incapaces de tomar decisiones y replantearnos qué es lo que queremos y necesitamos. Estas personas, muchas veces indirectamente y otras, directamente, poseen el control de nuestra conducta y nuestras emociones, y nos encontramos en una situación sin retorno, envueltos en una nube de fatiga y desgana.

Lo más difícil de todo es cuando nosotros mismos sabemos que debemos romper esta relación pero no encontramos la forma porque nos invade un sentimiento de culpa. La culpa nos paraliza, nos genera miedo, enfado y rabia con nosotros mismos y nos obliga a vivir insatisfechos.

Como indican los expertos, una relación tóxica es aquella en la que la pareja ya no funciona pero sus miembros insisten una y otra vez en mantener. Lo ideal antes de empezar una relación sería que te plantearas qué es lo que esperas de esa persona y qué es lo que quieres. Una vez tengas claro lo que deseas encontrar, piensa si esa persona que tienes a tu lado es la adecuada para hacerte feliz.

Una relación de pareja solo funcionará bien si ambos miembros admiten y aceptan su independencia y singularidad, respetando su entorno y su espacio. Si compartimos nuestra vida con una persona que no nos hace sentirnos bien, debemos pararnos y actuar antes de entrar en un círculo vicioso donde cada día que pase sea más difícil salir.

El autoconocimiento y el respeto hacia uno mismo es el primer paso hacia la elección de personas con las que nos queremos vincular de forma saludable, que permanecen en nuestra vida de forma desinteresada, que se alegrarán por nuestros logros y nos ayudarán en nuestros malos momentos. Potenciarán nuestras habilidades y nos aconsejarán a cómo superar las dificultades, siempre desde una crítica constructiva que nos ayude a mejorar. Y es que eso es lo que debemos hacer siempre en nuestra vida, mejorar y crecer.

Todos y cada uno de nosotros tenemos cosas buenas para dar y somos merecedores de recibirlas. No debemos permitir que aquellos que tienen miedo de ser superados y viven insatisfechos con ellos mismos, nos destruyan. El poder está en la mente y en saber decir “NO” a aquellos que solo nos complican la vida. Pacta contigo mismo y sé fiel a tus principios para mantener tu bienestar psicológico y por consiguiente, ser feliz.

 

Laura Moreno Jiménez-Bravo

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Déjame ser libre

La libertad, como concepto abstracto, supone una capacidad infinita de elección, sin que ésta se lleve a cabo bajo la presión de necesidades personales o de otros factores y circunstancias que puedan determinar la decisión final en un sentido o en otro. Cuando nos referimos a la libertad humana, lo hacemos en un sentido relativo, ya que el ser humano se encuentra limitado por su propia naturaleza. Cuando toma una decisión, lo hace dentro de un campo restringido de posibilidades, ya que muchas otras le resultan inaccesibles, y además, lo hace más o menos influido por factores internos y externos. La libertad es entonces para el hombre un bien a alcanzar. Se puede conseguir ser más libre cada día o aumentar los niveles individuales de libertad, al fin y al cabo, la libertad es una sensación que percibimos dentro de nosotros mismos, totalmente subjetiva y personal.

Desde el punto de vista de la psicología y psicopatología la cuestión de la libertad está íntimamente vinculado al del autodominio y a la salud psicológica. El autodominio implica ser señores de nosotros mismos, como decía Séneca, ser capaces de gobernarnos, de hacer lo que verdaderamente deseamos a medio y largo plazo, a pesar de que para lograrlo tengamos que renunciar a cosas más atractivas en ese momento o hacer un gran esfuerzo. Esto no resulta siempre fácil, sino todo lo contrario. Implica el control de los impulsos, tendencias, necesidades instintivas, etc., además de una alta capacidad de juicio crítico que nos facilite ver con claridad la situación en que nos encontramos al margen de todas las influencias a las que inevitablemente nos vemos sometidos por el medio ambiente en que nos desenvolvemos. La voluntad, por lo tanto, sería una herramienta imprescindible del hombre libre, ya que sin ella, éste no es capaz de llevar a cabo las acciones que se propone, siendo vencido en su empresa por la incapacidad de realizar un esfuerzo o por la dependencia que mantiene con necesidades a las que no es capaz de renunciar.

Ser libre no significa poder hacer o decir lo que una persona quiere cuando quiere, porque eso sería libertinaje, tampoco la libertad quiere decir liberarse de alguien, de una situación o de algo en particular.

La libertad bien entendida es para poder realizarse como personas individuales, para desarrollar el potencia, para ser quien uno es. La libertad es para elegir actuar de acuerdo al propio criterio, teniendo en cuenta las consecuencias de los dichos y de los actos.

La verdadera libertad consiste en ser dueño de sí mismo y tomar decisiones por propia convicción, sin dejarse influenciar ni presionar por los deseos de otros; y tiene un coste, que es la responsabilidad de hacerse cargo de lo que se elige, porque cada elección nos compromete para siempre.

Todo ser humano anhela ser libre, sin embargo, la paradoja es que la mayoría vive pendiente de lo que hacen y dicen los demás y abandonan su deseo de libertad por la satisfacción de ser aceptado, adoptando conductas y proyectos ajenos.

El ansia de libertad está en todos los individuos y se manifiesta en algún momento de sus vidas. Es en esos momentos cuando se puede tomar conciencia de que es en esas circunstancias cuando uno se puede sentir realmente vivo, que su vida tiene sentido y que el mundo lo acompaña en su propósito.

El problema de la libertad es que está condicionada por la libertad de los otros; ya que la propia libertad puede ser un obstáculo para otros, haciendo que mi libertad termine donde comienza la libertad de los demás.

«La libertad significa responsabilidad, es por eso que muchos hombres la ignoran» (George Bernard Shaw)

Quizá la frase de Bernard tenga toda la razón. Muchas personas recorren el mundo buscando excusas para explicar sus frustraciones: no les dejaron desarrollar su potencial, no encontraron un trabajo mejor por mala suerte, no tuvieron hijos porque no acertaron en el amor, y así para todo. Circulan por la vida con una mochila llena de sueños que nunca se atreverán a cumplir.

Lo que nos define es lo que hacemos, nuestra obra y nuestras conducta es lo que da sentido a la vida y a lo que somos. Si quieres ser libre, háblate a ti mismo y escúchate sin hipocresía, porque sólo siendo consciente de quién eres conseguirás ser más auténtico y un poquito más libre cada día.

«No hay barrera, cerradura, ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente» (Virginia Woolf)

 

Laura Moreno Jiménez-Bravo

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En el talego

Si hay un lugar que siempre he estado segura que nunca iba a pisar, ese es la cárcel. Pero mis ganas de experimentar y seguir creciendo a nivel profesional y personal me han llevado hasta ahí, hasta el “talego”.

Hace poco tiempo decidí colaborar con la asociación CUPIF, una ONG que lleva 18 años trabajando en prisiones. La verdad que no sabía muy bien dónde me metía, pero la curiosidad de conocer ese ámbito tan desconocido y misterioso como es el penitenciario, pudo conmigo, y el sábado pasado pisé la cárcel por primera vez.

Nervios, miedo, incertidumbre, desconfianza y sobre todo, la adrenalina disparada. Así me encontraba mientras pasaba todos los controles de funcionarios hasta que llegué al primer módulo de internos. Ya sí que sí, ya no hay vuelta atrás- pensaba mientras no podía quitar ojo a todos aquellos hombres que me miraban con cara de curiosidad y sorpresa.

Fueron unas primeras sensaciones extrañas y tensas, pero aun así, he de reconocer que disfruté todo lo que sentí cada segundo. Observaba con detalle todo lo que me rodeaba, muy expectante y con cierta conducta de vigilancia, todo hay que decirlo.
Las mesas, las cabinas, el comedor, el patio…Nada es como lo imaginaba. Ni mucho menos como sale en las películas. Algunos estaban jugando al ajedrez, otros al parchís. Unos viendo la televisión, otros charlando. En el patio escuchando música, haciendo footing, dando vueltas… Todo parece normal a simple vista, y hasta cierto punto, así es.

Llega el momento más esperado, en el que tengo que entrevistarme de forma individual con los internos. Posiblemente, esa primera entrevista haya sido la peor que he hecho en mi vida, pero desde luego, que será de las pocas que no se me olviden nunca.

Te sientes rara, pues tienes delante a un “delincuente”. La tensión va menguando según la entrevista avanza, y más rara te sientes aún, pues te das cuenta que estás charlando tranquilamente con un desconocido al que hasta hade un rato en parte temías, y que no solo es una persona amable y divertida, sino que sientes una empatía con él como si le conocieras de toda la vida.

Se te olvida dónde estás y a quién tienes delante. Ese hombre deja de ser un delincuente que está en prisión y tus ojos solo ven una persona más. Pero no una persona cualquiera; sino una persona que vive encerrada, que tiene familia y amigos a los que apenas ve. Una persona que no es feliz, que no tiene libertad, que no tiene vida.
Es en ese momento cuando te alejas de esa relación psicóloga-recluso y se inicia una relación de tú a tú, de cercanía, de complicidad. Lo importante no es el motivo por el que esa persona esté ahí dentro, lo importante pasa a ser que esa persona mientras hablara conmigo se encontrara a gusto y tuviera toda la confianza para contarme lo que quisiera.

Una vez superada esa primera entrevista, me dirigí a las demás con mucha más seguridad. No tuve ningún incidente con nadie, al revés, ellos me facilitaron que me sintiera bien.
Todos mis esquemas se tambalearon, y sobre todo mis prejuicios, esas anclas impuestas por la sociedad que arrastramos desde niños, desaparecieron rotundamente. Y aprendes a desetiquetar a los demás y a conocer la esencia de las personas. Porque a pesar de los errores que cada uno cometa, esa esencia nunca nos abandona y es por lo que realmente debemos juzgar a los demás, por lo que son, no sólo por lo que hacen.

 

Laura Moreno Jiménez-Bravo