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Déjame ser libre

La libertad, como concepto abstracto, supone una capacidad infinita de elección, sin que ésta se lleve a cabo bajo la presión de necesidades personales o de otros factores y circunstancias que puedan determinar la decisión final en un sentido o en otro. Cuando nos referimos a la libertad humana, lo hacemos en un sentido relativo, ya que el ser humano se encuentra limitado por su propia naturaleza. Cuando toma una decisión, lo hace dentro de un campo restringido de posibilidades, ya que muchas otras le resultan inaccesibles, y además, lo hace más o menos influido por factores internos y externos. La libertad es entonces para el hombre un bien a alcanzar. Se puede conseguir ser más libre cada día o aumentar los niveles individuales de libertad, al fin y al cabo, la libertad es una sensación que percibimos dentro de nosotros mismos, totalmente subjetiva y personal.

Desde el punto de vista de la psicología y psicopatología la cuestión de la libertad está íntimamente vinculado al del autodominio y a la salud psicológica. El autodominio implica ser señores de nosotros mismos, como decía Séneca, ser capaces de gobernarnos, de hacer lo que verdaderamente deseamos a medio y largo plazo, a pesar de que para lograrlo tengamos que renunciar a cosas más atractivas en ese momento o hacer un gran esfuerzo. Esto no resulta siempre fácil, sino todo lo contrario. Implica el control de los impulsos, tendencias, necesidades instintivas, etc., además de una alta capacidad de juicio crítico que nos facilite ver con claridad la situación en que nos encontramos al margen de todas las influencias a las que inevitablemente nos vemos sometidos por el medio ambiente en que nos desenvolvemos. La voluntad, por lo tanto, sería una herramienta imprescindible del hombre libre, ya que sin ella, éste no es capaz de llevar a cabo las acciones que se propone, siendo vencido en su empresa por la incapacidad de realizar un esfuerzo o por la dependencia que mantiene con necesidades a las que no es capaz de renunciar.

Ser libre no significa poder hacer o decir lo que una persona quiere cuando quiere, porque eso sería libertinaje, tampoco la libertad quiere decir liberarse de alguien, de una situación o de algo en particular.

La libertad bien entendida es para poder realizarse como personas individuales, para desarrollar el potencia, para ser quien uno es. La libertad es para elegir actuar de acuerdo al propio criterio, teniendo en cuenta las consecuencias de los dichos y de los actos.

La verdadera libertad consiste en ser dueño de sí mismo y tomar decisiones por propia convicción, sin dejarse influenciar ni presionar por los deseos de otros; y tiene un coste, que es la responsabilidad de hacerse cargo de lo que se elige, porque cada elección nos compromete para siempre.

Todo ser humano anhela ser libre, sin embargo, la paradoja es que la mayoría vive pendiente de lo que hacen y dicen los demás y abandonan su deseo de libertad por la satisfacción de ser aceptado, adoptando conductas y proyectos ajenos.

El ansia de libertad está en todos los individuos y se manifiesta en algún momento de sus vidas. Es en esos momentos cuando se puede tomar conciencia de que es en esas circunstancias cuando uno se puede sentir realmente vivo, que su vida tiene sentido y que el mundo lo acompaña en su propósito.

El problema de la libertad es que está condicionada por la libertad de los otros; ya que la propia libertad puede ser un obstáculo para otros, haciendo que mi libertad termine donde comienza la libertad de los demás.

«La libertad significa responsabilidad, es por eso que muchos hombres la ignoran» (George Bernard Shaw)

Quizá la frase de Bernard tenga toda la razón. Muchas personas recorren el mundo buscando excusas para explicar sus frustraciones: no les dejaron desarrollar su potencial, no encontraron un trabajo mejor por mala suerte, no tuvieron hijos porque no acertaron en el amor, y así para todo. Circulan por la vida con una mochila llena de sueños que nunca se atreverán a cumplir.

Lo que nos define es lo que hacemos, nuestra obra y nuestras conducta es lo que da sentido a la vida y a lo que somos. Si quieres ser libre, háblate a ti mismo y escúchate sin hipocresía, porque sólo siendo consciente de quién eres conseguirás ser más auténtico y un poquito más libre cada día.

«No hay barrera, cerradura, ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente» (Virginia Woolf)

 

Laura Moreno Jiménez-Bravo

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¿De quién es la culpa?

La culpa es la peor de las condenas. Como si de un terrible parásito se tratara, se adueña de nuestro interior, nos devora y nos consume.
Cuando revisamos nuestras conductas y acciones y creemos que nos hemos equivocado. Cuando hemos herido a alguien o causado dolor. Entonces aparece, acompañada normalmente de sus amigos el arrepentimiento y el remordimiento, produciendo en nosotros un terrible malestar y un sentimiento de insatisfacción.

Este malestar influye en nuestros pensamientos, decisiones, acciones, sentimientos y las relaciones, tanto con los demás como con nosotros mismos.
Aunque la culpa moleste y haga daño, también tiene una misión muy clara e importante en el desarrollo personal. Nos brinda una valiosa información sobre las consecuencias de nuestras acciones y nos ayuda a ponernos límites y nos hace respetar los derechos y libertades de los demás. Nos permite reflexionar, rectificar, salir de nuestra zona de confort y disculparnos.

Pero si no la confrontamos, la culpa puede ser el arma más destructiva del ser humano. Muchas veces, todos nos hemos sentido culpables en ocasiones en las que sabemos que no deberíamos sentirnos así. ¿Verdad?

“Una persona que se siente culpable se convierte en su propio verdugo”, Lucio Anneo Séneca

¿Cuántas veces nos sentimos culpables por cosas que creemos que hemos hecho bien –o por las que no hemos hecho?, ¿Cuántas horas hemos invertido en repasar una y otra vez el mismo escenario, haciendo hipótesis y regodeándonos en el traicionero “y si…”?
¿Cuántas noches nos hemos quedado atrapados en una red de pensamientos repetitivos y tóxicos que no sirven para nada más que castigarnos?
Somos nuestro propio juez y también asumimos el papel de verdugo. Nos condenamos. Y a veces nos descubrimos haciendo y diciendo cosas que no queremos ni sentimos, minando nuestra autoestima y nuestra salud mental.

La culpa se dispara cuando creemos que no hemos obrado correctamente, y en ese momento es cuando entra en juego la moral. ¿Quién dice lo que está bien o lo que está mal?. Nuestra educación, nuestros valores y nuestra cultura, en definitiva, son los que determinan finalmente lo que es correcto y lo que no.
En estas situaciones es nuestra mente la que se convierte en nuestra peor enemiga, interpretando la realidad que nos rodea y culpándonos por algo que en dicho escenario se considera que no es correcto. Esto nos pasa porque vivimos rodeados de creencias, las cuales a veces interpretamos como verdades absolutas e inamovibles, pero lo que éstas hacen es atraparnos y limitar nuestro aprendizaje.

Por mucho que tratemos de evitarlo, en un momento u otro tenemos que enfrentarnos a nuestros errores. Lo único que nos libera de la culpa es la responsabilidad. Si nos sentimos culpables por haber cometido un acto que consideramos inaceptable, tan sólo nos queda tener el valor de aceptar lo que hemos hecho. Aunque aceptar no significa estar de acuerdo, tampoco se trata de restar importancia al hecho que ha marcado nuestra vida, ni de darle la razón a quien ha provocado esa situación. Simplemente supone dejar de lado aquellos pensamientos negativos que nos causan dolor, tristeza o enfado, y nos limitan en nuestro día a día.

“El hombre consciente se atribuye la culpa a sí mismo, el hombre inconsciente la carga sobre los demás”, Confuncio.

Liberarnos de la culpa pasa por aprender a aceptarnos tal y como somos. Sólo cuando somos capaces de ver, aceptar y perdonar lo menos brillante de nosotros mismos nos damos la posibilidad de reconectar con nuestro bienestar. Al fin y al cabo, perdonarnos significa aceptar que no somos perfectos, que estamos en un camino de aprendizaje llamado ‘vida’ y que el único error que existe es no aprender de los errores. Este proceso pasa por cuestionar el condicionamiento que hemos recibido, dejando de asociar el fallo con el fracaso y la derrota. Y apostar por darnos otra oportunidad, perdonando y perdonándonos. Así podremos dejar de vivir buscando culpables para empezar a vivir siendo responsables.

Laura Moreno Jiménez-Bravo